En 2017, nuestras vidas cambiaron para siempre cuando a mi madre le diagnosticaron Alzheimer. Lo que siguió fue un proceso lento y desgarrador que puso a prueba cada fibra de nuestra fuerza y amor.
Era la esposa de mi padre, Rick, y madre de cuatro hijos: Scott, Theresa, Karen y yo. Era el pilar de nuestra familia. Pero su rol no se limitaba a ser "mamá". También era abuela de diez nietos y bisabuela de dieciocho bisnietos.
El Alzheimer se apoderó de nosotros al principio, sigilosamente, con olvidos sutiles, historias repetidas, pero con el tiempo, nos robó poco a poco a la mujer que conocíamos. Verla perder poco a poco su identidad, sus recuerdos y, finalmente, su capacidad de reconocer incluso a sus seres queridos más cercanos fue devastador.
Aun así, incluso en los momentos más difíciles, había destellos de ella: una vieja canción que tarareaba sin pensar, una sonrisa al oír una voz familiar, un destello del humor con el que crecimos. Esos momentos se convirtieron en nuestros salvavidas. Aprendimos a amarla no por lo que recordaba, sino por quién siempre había sido.
Mi papá la acompañó con silenciosa devoción, y Scott, Karen y yo aprendimos a apoyarnos el uno al otro como nunca antes. Cuidarla nos cambió a todos. Profundizó nuestra empatía. Nos enseñó paciencia. Desató nuestra lealtad más férrea.
En enero de 2023, nos despedimos definitivamente. Pero, en realidad, ya habíamos empezado a perderla mucho antes. El Alzheimer no se lleva la vida de golpe, sino a pedazos, lenta y dolorosamente. Y, sin embargo, a pesar de todo, nuestro amor por ella nunca flaqueó. Es más, se fortaleció.
El Alzheimer es una enfermedad cruel. No solo afecta a la persona diagnosticada, sino que cambia a toda la familia. Pero en medio de la angustia, encontramos algo poderoso: amor inquebrantable, resiliencia y conexión.
Mi madre vive en todos nosotros, en sus hijos, nietos y bisnietos. Su legado no se define por cómo dejó este mundo, sino por cuánto amó mientras estuvo aquí.
Si está recorriendo este camino ahora, recuerda que no está solo. Te vemos. Te entendemos. Y tenemos espacio para su dolor, su agotamiento, su amor y su lucha.
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