Algunos de mis primeros y más preciados recuerdos son de caminar junto a mi abuelo. Sus pasos eran firmes, su voz cálida y su presencia reconfortante, como una manta que envolvía mi alma. Era un hombre de fuerza serena, sabiduría infinita y un corazón tan grande que cabía a todos.
Pero al Alzheimer no le importan los recuerdos. No honra la sabiduría. No respeta el legado.
Vi al hombre que una vez caminó con la frente en alto empezar a olvidar los caminos que pavimentó. Me miraba fijamente, a veces con una sonrisa, a veces con confusión, como si intentara recordar el rostro que solía iluminarle. Lo más duro fue verlo desaparecer en pedazos: sus historias se desvanecían, su risa se volvía menos frecuente, su independencia se desvanecía.
El Alzheimer me arrebató a mi abuelo poco a poco. Pero lo que nunca pudo arrebatarme fue el amor que me dio. Las lecciones que enseñó. La fortaleza que me transmitió.
Y así, camino.
Camino para honrar al hombre que me mostró lo que significa la dignidad, incluso en decadencia.
Camino por las familias que están de luto por alguien que todavía está físicamente presente.
Camino por los cuidadores que lo dan todo, incluso cuando están vacíos.
Camino por aquellos que ya no pueden.
Cada paso que doy es una oración.
Cada milla es un recuerdo.
Cada paso es una promesa de que su legado no será olvidado.
Esta caminata es más que una recaudación de fondos. Es un viaje de amor, respeto y profunda compasión. Es mi recuperación del poder que el Alzheimer intentó arrebatarme, al elegir recordar, actuar y tener esperanza.
Este paseo es para mi abuelo.
Este paseo es para todos los abuelos.
Este paseo es para todos nosotros.
Y seguiré caminando… hasta el día en que ya no sea necesario.
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